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Matrimonio como sacramento


Autor: P. Cipriano Sánchez

Hay un dicho italiano que dice que el “matrimonio es milagroso” porque “cuando uno se casa es ciego y después se te abren los ojos”.
Se pueden hacer muchas bromas sobre eso pero, con mucha frecuencia, no captamos todo lo que hay detrás del momento, del instante de lo que es el sacramento del matrimonio y de lo que significa.
Dentro de todo este ciclo de conferencias y reuniones que ustedes tienen como “Crecer en Familia”, la reflexión que hoy quiero tener, viene un poco a intentar explicar este hecho que ustedes tienen que vivir todos los días.

Quisiera hacer una breve referencia a la historia.

Cuando Dios crea al hombre y a la mujer, lo hace con un plan maravilloso. Al leer la Biblia se ve lo que Dios pensó originalmente del matrimonio: Adán y Eva son creados a imagen y semejanza de Dios y para la comunión.
El hebreo tiene una expresión muy hermosa. Para nosotros las palabras hombre y mujer son como dos palabras distintas. Sin embargo, el escritor de la Sagrada Escritura quien escribe en hebreo, pone al hombre y a la mujer en el matrimonio, en una perspectiva de comunión (se refiere a ellos como “varón y varona”).
También Dios los creó para que todo lo que fuese la vivencia de su fecundidad, lo viesen como una bendición, como algo que los va a enriquecer; por eso cuando bien dice la Biblia: “...y los bendijo Dios diciendo: multiplíquense y llenen la tierra...”, está hablando de que los hijos y lo que va a ser la vida familiar, se convierten en una bendición.
Y por último, cuando Dios crea al hombre y a la mujer, les entrega la tierra, por eso dice: “...dominen la tierra...”.

Pero, ¿qué sucede con el pecado?

El pecado viene a romper todo esto. Viene a destruir totalmente todo este orden:
+ de comunión entre los dos
+ de bendición en la fecundidad
+ del dominio de la tierra.

Y entonces, lo que era una comunión entre el hombre y la mujer se convierte en una situación de dominio. Si ustedes leen el capítulo 3 del Génesis, Dios le dice a Eva: “...
tu deseo será hacia tu marido y él te dominará...”. Ese desequilibrio que existe entre el hombre y la mujer dentro del matrimonio, no es fruto de otra cosa sino del pecado original.

Cuando le dice a Eva: “...darás a luz a tus hijos con dolor...”, lo que está diciendo en el fondo es que la fecundidad, que era una bendición, se convierte también en una situación de conflicto, de problema y de dolor.

Cuando le dice a Adán: “...comerás el pan con el sudor de tu frente...”, lo que está diciéndole es que la tierra ya no va a estar sometida a él, ni los bienes materiales. Sino que él quedará sometido a ellos.
Entonces el pecado viene a romper totalmente este orden que originalmente estaba presente en el matrimonio.

Es así, que al leer la Biblia, nos damos cuenta de que existe un tremendo desorden en muchos campos dentro del matrimonio. Los judíos le preguntaron a Jesús si es lícito divorciarse y tomar otra esposa, y Él les responde que no, porque “...al principio Dios los hizo hombre y mujer y por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne...”.
Lo que hace Jesucristo (y es precisamente nuestro punto de arranque), es volver a restituir la posibilidad de un amor auténtico, de un amor complementario, fecundo y dueño de las cosas de la creación en toda la tierra.

Y esto, ¿qué tiene que ver con la vida matrimonial?

Si ustedes se fijan, cuando USTEDES se casan, tienen planes, ideas, proyectos, ilusiones.

Cuando empiezan a “rodar la carretita”, nos damos cuenta que las ruedas no son tan perfectas y que las “llantas” aparecen más de lo debido y que los “animales” que tiran de la carreta son bastante pesados, y que el caminito no jala como pensábamos que iba a jalar, y entonces empieza a generarse una “desarmonía” dentro del matrimonio.

Incluso pasa una cosa muy curiosa: con el paso del tiempo, cosas que antes eran perfectamente tolerables al inicio, empiezan a ser intolerables. (Al principio, cuando tu marido roncaba, decías: “¡Ay mira qué curioso como ronca mi marido!”. Hoy las cosas han cambiado ligeramente y le pones la almohada encima).

El punto importante es darnos cuenta que el camino de la vida matrimonial es un camino que a veces, en teoría, tendría que caminar muy armónico, como un reloj.
Sin embargo, en la vida diaria se van generando ciertos desequilibrios que van rompiendo la comunión conyugal. Se pueden llegar a situaciones como las que nos hablaba el capítulo 3 del Génesis donde en lugar de haber equilibrio, hay dominio de él sobre ella, de ella sobre él (en el fondo da igual).

La vida de familia se convierte en una carga, en un peso sobre uno y entonces vienen las fugas. Cuántas veces el marido se refugia en el trabajo (¡qué flojera llegar a la casa, ahí está mi mujer que me va a dar lata”). O la mujer en cosas como el gimnasio, con las amigas, las compras o la nada (“a ver cómo me escapo de la casa porque las paredes se me caen encima”).

De pronto, la vida matrimonial es más importante por las cosas que tenemos, que por las personas que las vivimos. Entonces, la casa es “muy bonita” porque tiene cosas, no porque viven personas dentro de la casa; o “en casa estamos muy a gusto porque ya compramos...”.

El punto importante aquí es que existe una solución a esta realidad, la posibilidad de que esto se arregle y se recomponga. He ahí la clave del Sacramento del Matrimonio.

En el Sacramento del Matrimonio, como en otros sacramentos, hay elementos que nos hablan de una presencia especial.

En el Bautismo, detrás del acto de “echar agüita” en la cabeza, está el hecho de que Dios se está uniendo al alma de ese niño. Hay una presencia real de Dios.

En la Confesión, no es simplemente que digo mis pecados, me absuelven y quedo limpio; sino que existe la certeza de una presencia “limpiadora” (por así decirlo) de Dios en mi vida.

El Sacramento del Matrimonio es, antes que nada, la certeza de una presencia de Dios.


Los seres humanos podemos a veces decir: “será o no será que Dios está en mi vida”. Pero este sacramento nos da esa certeza.

¿Y esto, para qué sirve?

Todo el tema del matrimonio es siempre una carga, es algo que se tiene que sacar adelante. Lo que ustedes se prometieron el día que se casaron, no es precisamente una cosa fácil:

1. “Yo te acepto a ti...”
Esto es lo primero y no eras una monada precisamente (aunque en ese momento lo fueras, los años se han encargado de mostrar la real situación). Aceptar tu persona no es fácil, aceptar tu vida, tu pasado, tu futuro sobretodo.
Aceptar... aceptarte...aceptar todo lo que tu seas, todo lo que tu tengas. Eso no es cosa fácil. ¿Se puede llevar a cabo?

2. “...Y prometo serte fiel...” Es una promesa muy seria. La promesa de la fidelidad, y todos lo sabemos, no es sencilla ni para el hombre, ni para la mujer. No es fácil. Porque hoy en día, hay una gran corriente que dice: ¿qué tiene de malo? ¿qué problema hay? ¿quién se entera?. Es más, cuántas veces sucede que nos quieren vender como moderno lo que es una deformación tremenda.

Habrán escuchado con bastante frecuencia, todo este “rollo” del show de “Sólo para Mujeres”. Hace veinte años era simplemente impensable. Hoy es posible y hasta llena teatros, cines, gracias a que se ha ido metiendo en el corazón, en este caso de la mujer, el mismo pensamiento que tenía el hombre sobre el tema: “¿qué tiene de malo?...es arte...”.

El problema es que ese pensamiento se va metiendo poco a poco y entonces, ese “prometo serte fiel” ya no es tan sencillo, no es tan fácil y se pone como entre corchetas, como entre paréntesis para ver si funciona o no.

3. “...En lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad...”
Es decir, en todas las circunstancias materiales o personales que tengamos que atravesar.

Y uno diría, el ser fiel en lo próspero no debería costar. Y yo diría, ¡quién sabe!. Cuántas veces la prosperidad material viene acompañada de muchos problemas conyugales. Por ejemplo: el marido puede decir, “no me reconocen, yo me mato, yo trabajo, yo me desvelo, yo me quedo calvo por ustedes...soy un papá económico nada más...”. Y lo que debería ser positivo por la prosperidad material, se convierte en un motivo de litigio.

Para los hijos, nunca es “bastante” lo que el papá les da (“ya no sólo tenemos una tele, tenemos tres... ya tenemos DVD... y cómo es posible que todavía no tengamos el perrito “Poochie”...”). Es curioso que lo que debería servir para unirlos (un coche, casa, poder comer todos los días, salud, un buen colegio para los niños, etc.) es motivo de pleito. La prosperidad material puede acabar separando.

Y también en lo adverso, porque cuando tenemos que empezar a “apretarnos el cinturón” prescindiendo de algunas cosas, nos olvidamos de aquel antiguo refrán: “Contigo, pan y cebolla”. O sea, “si contigo somos pobres, ¿qué problema hay? Si lo importante es estar contigo”. Y también en la adversidad social, humana, psicológica.

La salud, la enfermedad, lo próspero, lo adverso, son situaciones donde el ser humano es probado. En ese momento se sabe de qué material está hecho. Y generalmente es de un material bastante endeble.

Y el problema no es que descubramos que es endeble o frágil, sino, ¿qué hacemos con eso?
Podemos decir, “es que soy de un temperamento fuerte, o flojo, o delicado, o simplón, o complicado”. Sin embargo, el ser como tú eres, no es el problema. Sino ¿qué hacer con esa forma tuya de ser?. Eso sí es el problema.

Los discapacitados en el campo físico, han hecho un reto de lo que para muchos es un problema (el no tener manos, pies, vista), lo han hecho una posibilidad de superación personal. Esto lo entendemos muy bien en este campo.

Pero en el campo interior, ¿cuáles son tus discapacidades?. Pueden ser psicológicas (“me cuesta el perdonar, el aceptar, el verme humillado, el comunicarme contigo...”). Y tienes dos opciones: sentarte a llorar tu discapacidad, o vencerla.

...En la salud, en la enfermedad, en lo próspero, en lo adverso... Todo esto en el fondo es un reto. Es un reto en el cual, nosotros como seres humanos, no estamos solos. Tenemos alguien que nos apoya. Es la gracia de Dios.

4. “...Y prometo amarte y respetarte todos los días de mi vida...”
Prometer algo, no significa que lo tenga, no significa que no me cueste. A veces pensamos que el prometer amarte y respetarte, es un “easy going” (ahí nos vamos... siento bonito...).

No, amarte y respetarte significa luchar, no contra otros, pero sí contra nosotros mismos.
Amar y respetar es una decisión que nosotros tomamos. Tu y yo tomamos la decisión de amarnos. No es un bonito sentimiento, no es “porque me caes bien te respeto”, sino que YO DECIDO respetarte, igual que YO DECIDO amarte.

Por eso cuando decimos “se me acabó el amor”, no es verdad: el amor no se acaba; lo que se te acabaron fueron tus decisiones. Es muy distinto. Lo que se acaba es el hecho de que yo decido seguirte amando. Aquí lo importante es: quiero decidirlo o no lo quiero decidir (“tú quieres a quien quieres y no quieres a quien no quieres”).

Es como cuando dos personas no te hablaron para felicitarte en el día de tu santo. De una piensas: “...de seguro tuvo mucho trabajo y no pudo...”. Pero de la otra piensas: “...¡claro!, seguro que se le olvidó...” De una lo quisiste aceptar y de la otra no.

¿Cuántas cosas toleramos porque las queremos tolerar? Y ¿Cuántas cosas no toleramos porque no nos da la gana tolerar?

En este punto, viene lo que algunos autores llaman la importancia en el matrimonio de generar una “ley de convergencia”, es decir, de crear un esfuerzo en uno y en otro de querer converger. Es un esfuerzo de querer seguir haciendo las cosas. Ese es el amor.

El amor no es la “calentura emocional” que yo siento cuando veo a alguien enfrente. Eso todavía no es amor. Me puede gustar esa persona, me puede atraer, pero ninguna de esas dos cosas es amor.

Amor es entregarse, es don de mí. Pero, ¿de dónde saco yo fuerzas para seguir queriendo, para seguir teniendo los detalles que tenía, para seguirte siendo fiel, para seguirte respetando, para seguirte amando?
¿Qué pasa el día en que mi rencor se mete a mi voluntad?
¿Qué pasa el día en que mi sensibilidad se quiera sobreponer a mi inteligencia y racionalidad?

Es ahí donde entra el sacramento. La gracia del sacramento es como un suplemento que te sostiene en los momentos en que sientes que tú ya no puedes.

Obviamente que esto no es mágico, sino que tú tienes que prepararte para poder recibir la fuerza y la gracia que te va a ser necesaria.

Cuando estás preparado, puedes recibir el don de Dios que te permite ser fuerte.
(Precisamente este taller de Crecer en Familia surgió de esa necesidad de prepararse para ser mejores familias).

Los retos van siendo cada vez más difíciles y las pruebas también van a venir. Pueden estar en los hijos, en el temperamento de ustedes mismos, en las dificultades del ambiente, en los problemas del país, etc.


¿Estoy listo o lista para enfrentarlas? ¿Estoy preparándome para que el día que tenga que enfrentarme a esa prueba, la gracia de Dios pueda derramarse sobre mí y pueda saltar ese obstáculo?

A veces vivimos sin previsión de las pruebas o dificultades que podemos encontrar. A veces seguimos pensando que todo va a ser como hoy, que no va a haber ningún problema.

¿Cuál es tu fortaleza aparte de tu inteligencia y sagacidad para enfrentar esas pruebas?
¿Cómo mantener el vínculo matrimonial? No es fácil.

Tengo que irme capacitando. Y esa capacitación me la da precisamente la gracia de Dios en el Sacramento del Matrimonio. El vínculo y la estabilidad matrimonial se sostendrán por la riqueza interior que yo tenga.

Sería un error muy grande descuidar la riqueza interior. Por preocuparnos de la riqueza exterior, nos olvidamos de la interior y hasta nos hacemos “discapacitados” hacia ella. No ejercitamos la capacidad de enriquecerla, de practicarla.

¿Cuándo ha sido la última vez que dijiste “voy a trabajar en mi persona para que mi matrimonio vaya mejor”? Lo hacemos cuando estamos en crisis. No lo hacemos normalmente (¿diagnóstico o autopsia?).

Como pareja, todos los días trabajen por crecer interiormente, según sus necesidades: si mi matrimonio necesita comunicación, ¿qué voy a hacer para mejorarla?. Espiritualidad, diálogo, dominio de la impaciencia, etc.

Hay que elaborar un plan en el cual voy a trabajar en mi matrimonio.

Y son siete grandes campos o líneas en los que todo matrimonio tendría que trabajar para que en esas capacidades esté presente la gracia de Dios:

1. Área de mi temperamento (mi psicología).
2. Área de la afectividad, emotividad y sexualidad.
3. Área de los hijos. ¿Sé perfectamente lo que voy a hacer con mis hijos el próximo año y tengo un plan de trabajo con ellos, en cuanto a valores, diversiones, ambiente, etc.?
4. Área de la familia política.
5. Área del ambiente, amigos, amistades, diversiones. ¿Nos ayudan a nuestro plan de vida?
6. Área del dinero, de lo material. ¿Cuál es el manejo que como pareja vamos a hacer?
7. Área espiritual. Es fundamental que los dos crezcan espiritualente. Es el eje de la vida de pareja.

Comentarios al P. Cipriano Sánchez: pfamilia@prodigy.net.mx

Participación

Una vez elaborado el plan de trabajo comentar:
¿Cómo nos puede ayudar en nuestro matrimonio el tener este plan de trabajo?
Comentario de Laura Aguilar Ramírez


Pareciera que por el hecho de tener muchos años de casados, uno ya la libró. Y no es cierto.
Por supuesto que cuando me casé, sabía que lo hacía ante Dios, no ante nadie más, ni siquiera ante mi marido. Porque él al igual que yo, prometió ante Dios y lo prometimos, teniendo como testigos a nuestros respectivos padres, a nuestros hermanos, familiares y amigos.
Es por lo tanto, un compromiso sagrado, sellado ante Dios representado en el sacerdote.

Sin embargo, es un compromiso que se renueva día a día. Muchas veces me pregunto si mi esposo como yo, se cuestiona lo mismo. Yo sé que me sigue queriendo, como yo lo sigo queriendo, pero él lo acepta como algo normal.

Yo lo veo como algo más allá. No es sólo el vivir unidos, para mí el matrimonio es algo sagrado.
No es el papel, sino que fué y es mi decisión, tomada y meditada.

Muchas veces he oido que el amor se siente. Si.... pero el amor se crea y se recrea, no se da por sí sólo.
No basta el amor, nos dice San Pablo, sin hechos. Y no bastan los hechos, sin amor.

Cuando me casé sabía con quien me casaba y sabía para qué me casaba. Seguramente no siempre he sido una buena esposa, pero siempre lo he intentado.

Para mí las palabras: "En la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza. Para amarte y respetarte toda mi vida, hasta que la muerte nos separe" no son sólo palabras, son una verdad que he tratado de hacer realidad.

Soy sincera: no sé si mi esposo esté dispuesto a hacer un plan como el que propone el P. Cipriano, simplemente porque mi esposo da por sentadas las cosas, lo cual yo he descubierto no es bueno.... he descubierto que lo que está escrito, escrito queda. Se convierte en un compromiso y ayuda a llevar a cabo las cosas que uno se propone.

Lo escrito es siempre un recordatorio. Y no todos estamos dispuestos a comprometernos.

Es cierto lo que comenta el Padre acerca de que las mujeres nos sometemos a nuestros esposos por deseo y ésto fué desde la Caída, no un castigo enviado por Dios, sino una observación que nos hizo el creador, pero al mismo tiempo nos dió la "contrallave" por decirlo de alguna manera: el dolor con que parimos a nuestros hijos. Ese dolor que como comenta el Padre, no es un castigo, sino una bendición, porque los hijos nos duelen tanto que nos libran del yugo con que nos sometemos a nuestro deseo carnal por nuestro esposo.

Asi, mi esposo y mis hijos son fuerzas tan poderosas una y otra, que unidas me dan balance.

Al principio, Dios nos dió la tierra para dominarla. Desde la Caída, nos mandó ganar el pan con el sudor de nuestra frente. No como un castigo, sino como una bendición para librarnos del sometimiento a la adoración a nosotros mismos que se estaba dando.

Como vemos, o por lo menos yo lo veo, Dios nos da lo que necesitamos aunque aveces llamamos castigo a lo que es en realidad una bendición.

Con el matrimonio, somos uno sólo, volvemos a ser lo que Dios creó.
La orden sacerdotal es también un matrimonio, un sometimiento ante Dios que hacen los sacerdotes o religiosas. Pero bueno... ése es otro rollo.


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